martes, 27 de febrero de 2007

Es cierto, estaba viendo televisión. Poco común en mi persona, de un tiempo a esta parte, pero de tarde en tarde hay que hacer algo por la vida. Dentro de lo que pude observar en la televisión estaba un filósofo francés (no es una contradicción ni una ironía, por si acaso), Luc Ferry, que hablaba de la filosofía materialista y de su moral, en oposición a lo que él piensa. Este ex ministro de Educación de su país señala que la filosofía materialista y su moral puede condensarse en amar el presente y dejar de esperar. No esperar como uno espera un taxi, sino en el sentiodo de desear algo que no se tiene actualmente, sin llegar a tenerlo. Más allá de lo que significa esta esperanza, él descarta la idea materialista por una cosa muy ingenua, pero que según él la hace caer. Es tan sencillo como que si pensamos por un momento en Sudán, en Irak, en Uganda, en Ruanda nos damos cuenta que no podemos amar esa realidad. Debe haber una esperanza para todos ellos.
No la hay. Mis lectores ya abrieron la boca para decir un pero. Pero lo que digan no me hará cambiar de parecer. No hay esperanza que valga. Si la realidad es vacua, con mayor razón lo será una esperanza, una posibilidad mísera. No es el momento de hablar de los temas prácticos como la ayuda internacional, o los derechos humanos, que mal que nos parezca, son cosas muy bonitas, pero nada más que eso. No hay esperanzas porque son situaciones excepcionales. La maldad que se fragua en estos casos obedece a razones, pero son razones inmovilizadoras. Ferry señala que esta maldad es la prueba de que el hombre es libre, es capaz de esa maldad (tanto como de la bondad), y que esa libertad nos hace distintos a los animales, nos señala que puede haber un sentido de la vida. La maldad extrema, como la de la Segunda Guerra del Congo, la de la matanza en Ruanda, la de las guerras en la ex-Yugoslavia nos muestra que hay una convicción profunda que fuerza al hombre a ese estado de maldad absurda. Esa convicción profunda puede haber sido adquirida por la razón, pero en el momento de su ejecución se vuelve un acto irrazonable. Tal como sucede en los momentos en que en Latinoamérica se torturó y mató alevosamente por grupos terroristas que estaban en el poder (no es una contradicción ni una ironía), hay gente que aún está imbuida de esas convicciones profundas, pero hay otra que se da cuenta de qué fue lo que pasó. Fueron utilizados por convicciones profundas, qué duda cabe. Es el hombre, el que una vez más, no es dueño de sí mismo.
Que no haya esperanzas respecto de la realidad que se vive no quiere decir otra cosa sino que el ser humano debe mantener una actitud escéptica a la realidad. En la práctica, puede que muchos en realidad amen la realidad terrible que viven, pero, con todo, no queda mucho que hacer al respecto, porque somos víctimas de nosotros mismos. Queda aún la posibilidad de la revolución (¡compañeros!), pero ¿de qué revolución? ¿De la revolución guiada por los apetitos de las personas que la llevan? ¿Es eso distinto a nuestra realidad, o incluso peor? Creo que la revolución comienza por dar nuestro sentido al mundo. Hacer el mundo que nosotros queramos, he ahí la revolución necesaria. Y dar nuestro sentido a la realidad es dar una vuelta radical, desde el escepticismo con la realidad.

1 comentario:

Gabriela dijo...

Hola :P lo siento no aporto ahoram quizas despues. = saludos